Un viejo sacerdote que trabajaba
en un pueblo se sintió molesto por un comerciante que jamás se acercaba a la
iglesia.
Un bien día se encontraron ambos
en las inmediaciones de la plaza. Entonces el párroco le habló:
- Señor, comerciante: a usted no
le falta nada, tiene todo lo que materialmente necesita. ¿No le parece justo
acercarse alguna vez al templo y agradecerle a Dios por ser generoso contigo?
Y, sabiendo que todos somos pecadores, ¿no le parece normal, al menos una vez a
la semana, pedirle perdón a Dios por los pecados cometidos?
El comerciante, viendo que las
palabras del cura eran bastante incisivas, contestó:
- Señor cura: lo que dice no me
importa. Yo no necesito ir al templo, yo ya soy santo y eso me basta.
Pero el curita se quedó
sorprendido por la respuesta y comenzó a tramar la forma cómo hacerle caer en
vergüenza. Sin embargo, no exponiendo su verdadera intención, le invitó a visitarle
en la parroquia. El día acordado el comerciante se asomó a la parroquia y el
sacerdote lo recibió.
Entonces el religioso,
manifestándole su necesidad de ayuda para una cosa sencilla, le condujo al
templo, donde estaba preparado un lugar para poner la imagen de un santo, en la
parte más alta del altar.
Así el cura dijo con engaños:
- Por favor, quiero que me ayude
a subir la imagen de un santo; yo ya estoy viejo y no puedo hacerlo solo.
Entonces llevaron la escalera, la
apoyaron, y el hombre subió. En cuanto ya se había subido, el curita retiró la
escalera y cerró la vitrina. Luego convocó a toda la feligresía y los reunió en
las afueras del templo. Cuando ya todos estaban, anunció:
- ¡Hermanos y hermanas! Han sido
convocados aquí porque quiero que conozcan al nuevo santo que tenemos en el
templo. Así que pasen hermanos, conózcanlo, está en la vitrina más alta del
altar.
Acto seguido todos los feligreses
entraron en la iglesia para dirigir sus oraciones al nuevo santo. Pero, cuando
se acercaron al altar, se percataron que dentro de la vitrina yacía vivo el
conocido comerciante del pueblo. Así que pronto comenzó el alboroto, la
rechifla, y demás insultos contra el hombre de negocios.
Entre la multitud, intervino el
sacerdote:
- ¿No decías que eras un santo?
¡La gente te conoce muy bien, la clase de gente que eres!
En cambio el comerciante guardó
la cordura y se limitó a decir:
- ¡Por favor, bájenme de aquí!
El cura chistó:
- Al menos debes permanecer ahí
tres días y tres noches, luego reconocer tus muchos pecados, pedir perdón a
Dios por ellos, porque no hay en el mundo alguien que no tenga pecados.
La feligresía comenzó a insultar
aún más y, pasado un buen rato, el alboroto se calmó y se retiraron todos. Así,
el nuevo santo, tuvo que purgar su condena durante tres días y tres noches,
encerrado en la vitrina más alta del altar.
En el mundo del negocio uno se
ensaña contra otro, entonces comienza la competencia. La actitud astuta de un
emprendedor siempre termina incomodando a su presunto contrincante. Un santo no
puede ser un comerciante, a no ser que éste se vuelva de aspecto triste, al
menos dentro de las categorías convencionales.
Si uno quiere ser santo tiene que
volverse, necesariamente, famélico, triste, sufrido, demacrado, etc. Ese tipo
de santo representa la colaboración del cristianismo a la humanidad. ¡Qué
triste colaboración!
Sin embargo el santo auténtico,
como tal, no puede ser sino un rostro y talante parecido a Cantinflas, a Chavo
del 8, a la india María, a Chaplin, aquellos que han llenado de humor y alegría
al mundo. Ellos son los auténticos referentes de la santidad, si es que existe
la santidad.
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La Paz, 31 de julio del
2012

















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